domingo, 15 de julio de 2018

DE MAR A CUMBRE, PASANDO POR SAN LORENZO.

Por José Luis Yánez Rodríguez, Cronista Oficial de la Villa Mariana de Teror.

     Fue preocupación inicial de los primeros gobernadores de Gran Canaria una vez culminada la conquista de la isla, establecer con toda la premura que se pudo poner en ello, una red de caminos o vías que uniesen todo su territorio y sobre todo, la capital de la misma con las distintos zonas donde se iban asentando los primeros núcleos de población. Movimientos de defensas de milicianos, transportes de mercancías, asistencias a ferias o romerías a lugares que cobijaban imágenes religiosas tenidas por milagrosas lo hacían necesario.

     Unas veces aprovechando caminos aborígenes y otras, las más, trazando estas vías siguiendo las lineas marcadas por la orografía isleña comenzó a desarrollarse durante las primeras décadas del XVI la urdimbre de los andares grancanarios para los siguientres trescientos años. Por razones obvias, no todos tenían la misma importancia ni discurrían por lugares de parecida relevancia; y por ello mismo, el camino de “mar a cumbre” que comenzando junto a la desembocadura del Guiniguagada llegaba hasta las cotas más altas de la isla y bajaba luego para unir la pujante ciudad de Las Palmas con las sureñas tierras de Las Tirajanas, fue, poco a poco, alcanzando un elevado nivel de importancia que le hizo destacar por encima de las demás; sobre todo a partir del inicio en 1607 de la costumbre de las Bajadas al recinto catedralicio desde su templo terorense, de la milagrosa imagen de Nuestra Señora del Pino.

     Este camino relevante y destacado hasta para la historia de los Pozos de las Nieves, tuvo -dado el proceso de engrandecimiento que alcanzó el hecho nombrado de las Bajadas- varios hitos constructivos que definieron perfectamente el trazado y recorrido del mismo. Inicialmente, comenzó este proceso con el permiso de construcción de la ermita de San Lorenzo en el Lugarejo, concedido por el obispo Francisco Sánchez de Villanueva el 14 de marzo de 1638; a la misma seguiría la edificación en 1677 de la ermita de San José del Álamo para descanso, parada y yantar a mitad de jornada de Virgen y acompañamiento; y por ultimo, la edificación, a instancia del capitán Juan de Matos, autorizada por el obispo Bernardo de Vicuña y Zuazo a fines de esa centuria, de la ermita dedicada a San Nicolás de Bari en las laderas de la montaña de San Francisco, asimismo para último descanso de la Virgen del Pino antes de entrar en las calles y plazas de la capital, además de tal como aparece en la solicitud de Matos, por “la mucha utilidad y probecho a todos los vezinos que en él viven, que por ser pobríssimos y no tener vestuario dezente para vaxar a Nuestra Santa Iglesia Cathedral, Parrochia del Sagrario y conventos de dicha ciudad a oir missa. En dicha hermita y hospicio la podrán oir, sin que la desnudez les sea motivo para incurrir en algunas omisiones del precepto…”.

     A estas tres ermitas segurían el levantamiento de los dos humilladeros o cruces que marcaban protocolos de inicio y final de las Bajadas. La una, llamada “Descanso de los muertos” junto al Barranco de Teror y cercana a la Fuente Agria; la otra, ubicada junto al Barranquillo de Mata y levantada en madera también en el XVII, fue sustituida en 1737 por otra de cantería. Ésta, llamada por ello la “Cruz de Piedra” marcaba la llegada a Las Palmas y sigue en la actualidad, dando nombre a toda la zona urbana surgida en sus alrededores. En la bajada del 7 de marzo de 1668, realizada “por la necesidad y falta de agua, a petición de los labradores de la Isla” a Nuestra Señora del Pino la acompañaron las imágenes de Santa Brígida y -por primera vez- la de San Lorenzo.

     Por último, ya en el siglo XIX, con la terminación en 1827 del Puente del Molino -pagado con fondos de la Fabrica Parroquial terorense- quedaron perfectamente trazados camino, ritual y costumbre. Y así, el romero, arriero, caminante iniciaba su andar junto a la ermita de San Nicolás, subía la cuesta del risco hasta las murallas del Castillo del Rey de San Francisco y desde allí seguía derrota arriba a San Lorenzo. Debe aclararse que tanto éste como todos los demás caminos, tenían ramales, con serventías, senderos vecinales y otras vías de menor entidad y extensión. Por ello, existen datos históricos que modifican el recorrido de la Imagen en sus Bajadas (como la de 1811, en la que a causa de la epidemia de fiebre amarilla entró por el Castillo de Mata y no por el de San Francisco) aportando una gran riqueza documental a esta senda, una de las más importantes de todo el archipiélago y que con toda justicia, se denomina generalmente como Camino de San Lorenzo, por ser éste el paraje y pueblo con mayor relevancia de los que el mismo recorría. Topóminos como El Olivo, El Descansadero, Llanos de Marrero, Camino Viejo, Las Tunerillas, Almatriche, La Angostura, Mascuervo, La Cancela, Román, San José del Álamo, Lo Blanco, Miraflor, El Hornillo, Llanos de Arévalo,… son, con todo mérito, jalones de un patrimonio material y también vivencial, de un camino que durante doscientos años definió una de la sendas de la espritualidad canaria con tal fuerza y magnitud que aún hoy en día, se nombra como “el de San Lorenzo” el andar de la imagen hasta la capital aunque desde 1815 ninguna de las Bajadas realizadas desde entonces haya pasado por allí.

     En el último tercio del siglo XIX, los avances en nuestras vías de comunicación a través de la presencia de los hermanos teldenses León y Castillo en lugares de poder -Fernando como ministro y Juan como ingeniero- posibilitaron esa modernización tan necesaria para el desarrollo social y económico de Gran Canaria. Como en muchos otros casos, el progreso en estos ámbitos, trajo mudanzas en las tradiciones. En junio de 1897, el Ministerio de Fomento expedía los libramientos correspondientes a obras ejecutadas los meses anteriores; entre ellas, el de la carretera de Tamaraceite a Valleseco pasando por Teror, por un total de 10.514'40 de pesetas.

     En las fiestas del Pino de 1897 tanto el obispado como los poderes públicos de la Villa Mariana anunciaban un engrandecimiento de las mismas y una previsión de mayor afluencia de peregrinos durante el mes de septiembre, dado que aunque no estaba aún terminada se autorizaba durante las celebraciones a transitar por ella.

     El camino de San Lorenzo quedó en un plano secundario con respecto a la nueva carretera que en los márgenes del Barranco subía desde la Cruz del Ovejero hasta Valleseco, y que en las décadas siguientes llegaría hasta la cumbre grancanaria.

     Si somos conscientes de que el patrimonio que heredamos debemos transmitirlo a nuestros descendientes, valorado y enriquecido, el recuerdo del Camino de San Lorenzo no debe desaparecer jamás y los tramos que han llegado a nuestros días deben ser revitalizados y utilizados como sendas de cultura de la Gran Canaria.

No hay comentarios:

Publicar un comentario